Esto probablemente sucede más con el pasar de los años. En momentos menos pensados, aparece
el recuerdo de lo que una vez fue, con todo y la tristeza que acompaña el duelo y sensación de
pérdida.
Puede ser como mirar por una ventana hacia un paisaje oscuro. Recuerdos llegan, uno por uno y
después un torrente. El punto de partida puede ser la muerte reciente de un amigo, la pérdida de
empleo, una palabra hiriente de un ser querido, un diagnóstico médico inesperado. Entonces, ya
no se trata solamente de lo reciente, sino todo aquello que parece estar interconectado. Se respira
hondo y se gime la pregunta: ¿llegará a pasar el dolor y la tristeza?
No se le puede huir, aunque no falta la ocasión de intentarlo. Para algunos les sucede la
disociación, a otros, llega un entumecimiento emocional. Ayuda, por lo menos en ocasión,
replantar la pregunta. Se sugieren dos caminos.
El primero es considerar que esos momentos pueden ser tiempos de sanación, o de dar resolución
a partes de nuestra vida que necesitan un cierto cierre. Después de todo, el pasado ya sucedió; ya
no está sucediendo. Ahora, cuando se trata de la disociación o del entumecimiento emocional,
vale la pena la consulta profesional. Por allí puede haber trauma que merece atención. Sin
embargo, en el curso ordinario de la vida—una vez más, al pasar los años—el proceso puede ser
más tranquilo. Tiene que ver con aceptación y gratitud, y una buena dosis de sentido del humor.
Con ello se puede llegar a un sentido de pertenecer a algo más grande que uno mismo, y a la paz.
El segundo camino tiene que ver con el itinerario de la fe. No muy distinto de lo que ofrece la
Cuaresma, podemos ver el de dónde hemos venido: los momentos en que la vida nos hizo un
alto. El momento de dolor o el momento de belleza que despejo el camino hacia un nuevo
paisaje. Es un solo telar tejido por las manos maternas de Dios. El tejer de Dios, marca la
diferencia, la vida nuestra ha hecho una diferencia. Vuelve a aparecer la aceptación y la gratitud,
engalanadas por la belleza de un cosmos que aún no ha terminado, o mejor dicho, una sinfonía
inconclusa.
Llevamos las cicatrices del duelo, y ellas son elocuentes símbolos de vida—símbolos poderosos,
porque son las mismas cicatrices que lleva El que ha resucitado.
Fg